domingo, 1 de junio de 2014

Crónicas de la clase media - Uno

Menos mal que ya arreglaron el ascensor, sino no salgo a hacer las compras ni que me suban el changuito. No estoy para andar por las escaleras, si cuando llego al segundo piso estoy muerta. Primero voy a ir al chino que me queda para el lado de la galería. Doy vuelta a la esquina y entro. ¡Qué olor hay! Y sí, qué va a ser, si todos estos a la noche apagan las heladeras. Igual nunca les compro lácteos, no sea cosa que me enferme. Agarro un aceite, unas galletas de arroz sin sal, un vinito y listo, con lo caro que está todo no puedo comprar nada más, me quieren sacar toda la jubilación estos sucios. Dejo mis cosas junto a la caja, justo al lado de un bebé que juega con una botella, y la madre, bien gracias, como si nada, mira para otro lado. Una tiene que poner todo acá, en el corralito de la criatura. El chino me cobra casi sin mirarme y mientras busca el vuelto sostiene con el codo la espalda del chinito para que no se caiga. Una cosa de locos, como si fuéramos animales. Pongo mis cosas en el chango y me voy mientras digo "chinos de mierda", que creo que no se oyó, mejor, porque mañana tengo que volver.

Camino dos cuadras hasta la verdulería, antes hay otra pero es carísima y atiende un señor que me parece que ahora no está más, pero que una vez me peleé porque le pedí bananas y me puso plátanos, esos verdes enormes que comen en Brasil o qué sé yo donde. Yo no me di cuenta y para colmo me los cobró carísimos. Cuando me quejé, dijo que yo le había pedido eso, que ya los había comprado y no me los quería cambiar, que él no sabe qué hice con eso en mi casa. Qué desgraciado… Por suerte hace meses que no lo veo, pero igual no voy más, y no está, al menos de reojo no lo veo. Igual no iba a parar, sigo hasta lo de la boliviana que me atiende bien y es más barato que lo de ese chorro. Está lleno de gente, así que me pongo en la fila y miro qué está bueno. Los zapallitos, unas manzanas, las zanahorias que le gustan a Alfonso. El tomate sigue carísimo, como todo en este país, todo está caro. Hacer una ensalada es un lujo, cosa de Dios. Ni lo que comen las vacas puedo comprar. Terrible. Igual, cuando me toca le pido a la boliviana que me ponga todo lo que anoté antes de salir y le sumo unas paltas, porque hoy viene el nene y a él le encantan, pero para mí que en la casa no come nada. Está tan flaco… la verdad que me preocupa. Cuando lo veo aprovecho para darle algo, porque la mujer ni le cocina, si viven a sanguchitos. A la boliviana le pago justo porque esta es medio bruta y el vuelto siempre me lo da mal. No son malos, no, si son muy trabajadores. Lo que pasa es que son medio lentos y no les salen bien las cuentas, entonces así ahorro tiempo, porque el local de la galería cierra a las tres, y sino no llego y todavía tengo que pasar por la fiambrería que por suerte me atienden rápido. Don Roberto tiene el local hace como más de veinte años, es lo único que quedó de cuando vinimos a Flores. Ahora ya no me da más charla porque me invitó par de veces a tomar un café, hasta un día que vine con Alfonso. Antes me regalaba dulce de batata, pero desde esa vez no insistió más, aunque tampoco hubo más dulce de batata. Igual siempre vuelvo porque es muy caballero y educado. Tengo otros pretendientes, como el de la farmacia, que me regalaba Prinox hasta que tuve que decirle que tenía marido porque todas las semanas me invitaba a un lugar diferente.

Ahora sí voy a la galería a comprar lo de Alfonso con el chango por la mitad porque no sé cuánto espacio me va a ocupar. A este se le ocurre cada cosa, pero bueno, por lo menos no me aburro. Cuarenta años de casada y todavía me sorprende... Al fin llego: Galería Kineret, donde vengo cuando a mi marido se le ocurre comprar algo que ve por internet. La primera vez me perdí, tuve una vergüenza... Les pregunté a unos de la casa de fotografía dónde quedaba el local. Se pusieron más colorados que yo, un plato. Ahora ya sé llegar. El chico que atiende es nuevo, está todo tatuado, y vestido con ropa de cuero y se queda helado cuando me ve entrar con el changuito. Le digo que vengo a buscar un “especial sado” a nombre de Alfonso, y se lo repito porque me mira con miedo. Con todos esos aritos en la cara y dibujos raros en los brazos debería ser yo la asustada. Busca abajo del escritorio y me da un paquete grande y pesado. No sé cómo lo voy a agarrar. Menos mal que traje el changuito. Espero que el ascensor funcione porque me muero si tengo que subir por las escaleras todo lo que compré.

jueves, 27 de marzo de 2014

Queríamos 2.0

Parece que fue hace siglos. Queríamos brindar con nuestros mejores amigos imaginarios debajo de los postes de luz en las esquinas más alejadas hasta las que pudiéramos caminar, hacer la revolución, escribir novelas inolvidables, con personajes que hicieran lo imposible tan sólo por llevar la contra.
Buscábamos ser únicos, tener cada uno una estrella con su nombre. Queríamos que el cielo fuera nuestro y con una bocanada abarcar la totalidad del vacío. Ante la mirada de “todos esos giles” que se toman el subte a las ocho de la mañana para ir a trabajar abrazábamos la locura. Todo eso antes de irnos a dormir y después de ratearnos del colegio.

Leímos todo lo que se podía conseguir en Parque Rivadavia. Me regalaste un libro de Kropotkin que nunca entendí, y malinterpretamos a cuanto filósofo se nos cruzara mientras pintábamos con aerosol las paredes de tu cuarto. Queríamos que todo fuera para siempre. Hacíamos stencils con los dibujos de El principito y salíamos a “escrachar el barrio” de madrugada. Más de una vez nos corrió la policía o algún vecino. Vos decías: “Si no tenés miedo, te volvés invisible”, y con eso se me iba el cagazo porque te admiraba y no quería que pensaras que yo era un cobarde. Tenía la certeza que no nos íbamos a vender.
Queríamos que nunca llegase la mañana, que siempre fuera de noche, que no existieran las cárceles ni los colegios, que todo eso durara para siempre. Queríamos inspirar el corazón de todos con nuestros valores, recordar a los que no tenían, como decíamos, los ojos húmedos, los puños cerrados y la boca fruncida por un grito.

Fumábamos bajo pasacalles que juraban un amor superficial y mersa a mujeres que nunca conoceríamos. En tu sonrisa estaba la mía. En la mía, la de todo un batallón de perejiles entrenados. No podían durar lo suficiente. Terminó la secundaria, nos alejamos y nuestra adolescencia se desarmó entre el ingreso a la facultad y trabajos que nos convirtieron en seres indolentes.

Diez años después resulta que nos cruzamos bastante seguido en una esquina de Palermo. La primera vez intenté hablarte. Te hiciste el que no escuchabas y trataste de esquivarme. Te frené con una mano en el hombro, y me dijiste: “Pensé que me ibas a robar”. Me reí, te quedaste serio y no dijimos nada más. Nos miramos y asentimos sin quitarnos los auriculares, como haríamos de ahí en más cada vez que nos encontráramos. Leí en Facebook que trabajás para una multinacional. Yo soy periodista de un grupo de medios de comunicación que hace al mundo un lugar peor cada día. Tenemos miedo. Por eso nos vemos sin encontrarnos, con el cerebro vacío, con el cielo sin estrellas con nuestros nombres. Lo peor es que ni siquiera nos pone mal y algunos días, al cruzar Ravignani a las ocho de la mañana, sólo nos hace cómplices una mirada con desdén.

sábado, 16 de noviembre de 2013

Instrucciones para volver a casa en Navidad

Espere hasta que sean las dos y media de la mañana. Evalúe el ambiente y pregunte si ya se ha servido toda la comida y si queda algún buen vino por descorchar. Si ninguna respuesta es afirmativa, tal vez sea buen momento para pedir al anfitrión, lo más probable es que sea un pariente suyo que vive muy lejos de usted, que le baje a abrir. Salude con el brazo estirado en el aire y sacuda su mano un par de veces mientras repite “Chau, nos vemos”.

Camine hacia la parada del colectivo al tiempo que nota que está solo y piensa por qué sus seres amados que no pueden acercarlo, como se dice, en auto, si es que lo tienen. Mire al cielo y busque a Papá Noel, o si ya no cree en esas cosas, cuente estrellas hasta llegar a la parada. En caso de que las haya, observe a las otras personas que esperan junto a usted. Pregúntese acerca de lo raros que son. Pregúntese qué tan raro es usted. Si no tiene nada para leer medite aún más sobre esta escena.

Percátese de que hay una chica de unos veinte años, vestida con una pollera muy corta y una musculosa blanca que no hace más que llorar desconsolada. Mírela de reojo, no busque incomodarla. Piense en el sol, que se mira de frente se le pueden lastimar las corneas. Piense que ya se tomarán el colectivo y que entonces le preguntará si está bien. Quédese quieto hasta que ella le pregunta la hora. Dígale “tres aeme” y luego agregue un “¿Estás bien? ¿Necesitás algo?”. No espere una respuesta, será en vano. Obsérvela alejarse a unos metros de la parada sin decirle nada. Mírela, esta vez en forma directa pero fugaz. Vea cómo se le corre el maquillaje. Vuelva a mirar a la distancia.

Anhele que llegue su colectivo hasta verlo asomar desde Avenida Nazca, a paso lento y pausado. Piense si se detendrá o seguirá de largo. Cuando el colectivo esté a menos de cincuenta metros, estire su brazo derecho. Chequee, siempre de reojo, como la chica que llora se acerca a la parada. Aguarde a que el vehículo se detenga y abra su puerta delantera. Deje subir primero a la chica que llora y a la mujer que esperaba con ustedes y suba delante de un hombre que hasta ahora no había advertido. Diríjase hacia el fondo y examine a los demás pasajeros. Parejas con muchos niños. Grupos de amigas. Señoras con bolsas muy grandes. Todos hacen mucho ruido, aun los que están solos. Saque la conclusión de que todos se mueven, se acomodan y están como fuera de lugar porque quieren llegar alguna parte, como usted, que, ante todo, no quiere estar ahí.

Pase junto a la chica que llora para comprobar que ya no lo hace. Haga el ademán de decir algo pero quédese callado y siga hasta el fondo. Piense en que, además de ser Navidad, es su cumpleaños y que no planeó nada al respecto. Mire su celular, vea los mensajes de quienes lo saludan. Verifique la señal del teléfono y compruebe que es óptima. Póngase un poco mal porque le mandaron muy pocos mensajes, a pesar de encontrarse en las primeras horas del día. Atienda su teléfono que ahora suena. Converse con su amigo que le dice feliz cumpleaños y luego le preguntan si sabe de alguna fiesta para esta noche y si va a hacer algo. Diga que no sabe y que ya se va a su casa a dormir. Escuche cuando le dicen que usted es un amargo. No responda. Espere hasta que le corten y guarde su celular.

Cuando llegue a su parada verifique si está la chica que llora. Compruebe que no es así y bájese. Camine rápido por avenida Corrientes. Vea que hay poca gente en la calle. Acelere su paso. Doble en la esquina de su casa. En la puerta de su edificio, introduzca la llave y pase. Escuche desde la planta baja una fiesta que sucede nueve pisos más arriba en el SUM del edificio. Suponga que la organizó Patricia, su vecina pulposa a la que una vez encontró en el ascensor disfrazada de diablita con motivo de una fiesta de disfraces en la terraza. Suba al ascensor y piense que aún es temprano y que la fiesta va a durar un rato más, y que no estaría mal subir ya que es su cumpleaños.

Cuando llegue al sexto piso, donde vive, vea la puerta de su casa abierta, reventada a masazos. Piense si esto es una pesadilla. Grite en el pasillo. Entre a su casa. Tenga miedo de la presencia de alguien. Suponga por unos pocos segundos que no le robaron, sino que tuvieron que entrar los bomberos por alguna emergencia. Descarte de inmediato esta idea ridícula. Vea que al vecino del departamento de enfrente también le violentaron la entrada. Intente encender las luces, varias veces, todas y compruebe que no funcionan. Vaya hasta el tablero de electricidad de su departamento. Baje y suba las térmicas. Intente encender las luces otra vez. No funcionan. Tantee en la oscuridad en busca de su computadora. Alíviese al descubrir que no se la llevaron. Compruebe que sí faltan el monitor y el televisor. Vaya a su cuarto. Ilumine con el celular y vea todo está revuelto. Busque las botellas con monedas y cambio que ahorraba para sus vacaciones. Llore por no encontrarlas.

Llame a su madre, que está todavía en lo de su pariente que vive lejos y cuéntele lo que pasó. Escúchela desesperarse más que usted. Repase en su cabeza las veces que la asustó con cosas así: cuando quedó internado por un neumotórax, cuando se fracturó el tobillo derecho en cinco partes, cuando le quisieron robar detrás de un shopping y se agarró a trompadas con dos delincuentes que lo dejaron hecho pedazos. Piense en que podría haberle dado una cantidad de infartos múltiples. Tranquilícese un poco al escuchar que su prima y sus amigos ya van para su casa.

Salga al pasillo. Preste atención a que ya no se escucha música de la fiesta. Baje las escaleras en dirección a la planta baja donde se encuentran las cajas de Edesur para restituir la energía eléctrica. Escuche voces que provienen de unos pisos más abajo. Quédese paralizado sobre uno de los descansos de las escaleras. Vea como ahora cinco policías le apuntan con sus armas y le gritan que se tire al piso. No se tire. Gríteles que usted vive en el sexto piso y que entraron a su casa y le robaron todo. Siga paralizado. Perciba como uno de los policías se acerca a usted y lo empuja hacia el piso. Escuche como uno le ordena que se quede quietito y que no se mueva. Salga de su parálisis y continúe hacia abajo. Salude a sus vecinos en el hall de entrada y coménteles que es su cumpleaños y que además le robaron. Salga a la cochera hasta que un policía lo sujete del brazo y le diga que se quede ahí. Intente razonar con él y decirle que no hay luz en su casa, que la única forma de restituirla es ir a lo que usted llama “cuarto de la luz” donde están los autos.

Olvide todo eso y encienda un cigarrillo. Decida no tocar nada hasta que los demás policías bajen. Siéntese en el suelo del estacionamiento y apoye la espalda contra la pared. Piense en que en este momento hay cinco policías en su casa y en todas las anécdotas que escuchó de uniformados que plantan drogas en las casas de jóvenes inocentes como usted. Dese cuenta que eso es poco probable y que en este momento le ocurren cosas peores. Espere a que los policías vuelvan de su departamento. Escuche como le dicen que no hay nadie. Mientras le hablan, deje de prestarles atención y suba la térmica maestra del “cuarto de la luz”. Vaya a su casa con los policías en el ascensor. Piense que sacar el tema del clima como charla de ocasión es poco elegante. Decida que es más pertinente contarles que hoy es su cumpleaños. No espere respuesta, será en vano. Crea que es por lástima.

Llegue a su casa y compruebe que volvió la luz. Fíjese que se cortó porque cuando se llevaron el televisor y el monitor cortaron los cables en vez de desenchufarlos. Busque a su vecino de enfrente para no encontrarlo. Piense que tal vez aún no volvió. Vuelva a su departamento de cincuenta metros cuadrados con los policías al tiempo que enumera todo lo faltante. Diga “la tele, el monitor, un iPhone viejo, un reproductor de DVD que casi no andaba, una cámara de fotos de tres megapíxeles que compré con mi primer sueldo en el diario, allá por 2005, tres mil quinientos pesos en monedas y billetes de dos pesos y una netbook que ya no encendía”. Piense en que más allá del televisor y el dinero, todo lo demás era, lo que se dice, basura tecnológica.


Vea cómo entran su prima con su novio y dos amigos de él. Abrácela bien fuerte. Escuche comentarios del tipo “que a todos los negros de mierda hay que matarlos a todos”, entre otras cosas con las que no está de acuerdo. No diga nada, porque a fin de cuentas usted no sabe si lo robó un africano, un albino o un pelirrojo. Salga al balcón. Llore. Quédese en silencio hasta que los vecinos y la policía se vayan. Reciba todo lo que tienen para decirle cada uno de los que llegan a su departamento y lo llaman cuando se enteran de la mala noticia. Dígase que todo lo que se llevaron eran cosas que le costaron mucho esfuerzo pero sólo eso. Saque la conclusión de que le robó un infeliz que no tiene con quién pasar la Navidad y tiene que salir a reventar departamentos de jóvenes inocentes para llevarse un montón de electrodomésticos que no sirven para nada. Cuando esté a solas con su prima dígale que la próxima Navidad organiza algo en su casa porque volverse en colectivo desde Villa Pueyrredón es un quilombo. Salga del balcón. Dígales a todos que quiere estar solo. Tírese en su cama a llorar mientras ve, por la ventana, salir el sol y antes de quedarse dormido piense en que por fin llegó a su casa después de un viaje muy largo. 

lunes, 4 de marzo de 2013

la vida post factum


Podría llenar varias mesas del mejor bar con todas las personas que no están. Con todos lo que me hacen falta. Los abrazaría a cada uno de ellos, con un brazo sobre la cintura y el otro sobre los hombros. Algunos tomarían champagne, otros whisky, algunos agua. No habría tiempo, no miraríamos la hora en el celular, no relojearíamos la muñeca con desazón porque es muy temprano o demasiado tarde. No habría que ir a laburar al día siguiente. Nos reiríamos, lloraríamos, alguien leería unas palabras y brindaríamos por todo lo que nos quisimos. Contaríamos anécdotas, de esas que pocos saben, de cuando queríamos hacer la revolución con pinceles y abrazar todas las flores del mundo con nuestras bocas. Un cigarro recorrería toda la mesa de punta a punta hasta consumirse sobre el corcho de una botella recién abierta. Las miradas se cruzarían en instantes en los que nadie dice nada. Porque entendemos. De alguna forma u otra, todos nos conocemos y necesitamos, porque estamos solos. Tan grises, tan azules, tan mundanos nos volvemos en esta soledad que todo lo comete.


Luego, llegaría el amigo que faltaba. Y como ya no hay sillas, se sentaría sobre la punta de una mesa sucia y no le importaría nada. Ni estar incómodo, ni conocernos a todos. Empezaría por decirnos que llegó tarde porque nunca encontraba el momento. Algunos se preocuparían. Otros estarían felices de verlo. Nos diría que la vida no es para los buchones, para los cagones, para los flojos, tibios, amarretes, miserables y mezquinos. Que hay que apostar por el caballo más lindo y no por el que corre mejor. Nos contaría que el mundo está lleno de seres de mimbre, vacíos y tristes. Y nos pediría que a nosotros no nos pase lo mismo. Me diría a mí, especialmente, que no me pase lo mismo que a tantos otros. Que hay que llenarse de ciruelas, besos, amores pasajeros, libros, películas, poemas, quilombos y también, de decepciones. Y mientras hablara, las luces se apagarían hasta que todos nos quedemos en la oscuridad.


Así permaneceríamos.


En silencio.


En la oscuridad.


Con la certeza de que el otro está, aunque no podamos verlo.

lunes, 17 de diciembre de 2012

2012

soy avant garde, post vos, antes él. soy el futuro que viene a matarte. un sebi que brilla en la oscuridad y que se agranda y desinfla en una piñata mexicana en escocia abajo de un trampolín gigante hecho de heno y primavera anglosajona desde antes, mucho antes que sintiera el beso del aire un veinticinco de diciembre. soy bebé godzilla, ceniza del incendio que inundó la chata de la tía mientras lloraba y me comía una atrevida en un nac and pop donde atendía un chico que había ido conmigo al colegio que reconocí y no lo saludé porque dejaba atrás un par de calendarios colgados en una heladera podrida rodeada de cadáveres de cucarachas que llenarían bolsas de consorcio verdes, de jade, de joda, de giles entrenados en un batallón de hipsters sedientos de veneno y su antídoto: la droga de la desidia. tan nacional buenos aires, tan peligrosa, la mentira, la acidez de los jugos que probamos bajo fuegos artificiales en otro continente a la sombra de unos camellos pelados que fumaban hachís encendidos con perlas y petróleo. y eso fue hace tan lejos, tanto, que te caerías del mapa si pisaras las latitudes del google maps. y no nos conocemos. no nos vamos a conocer. nunca, porque somos tan ajenos que sólo en la oscuridad podemos tocarnos y sentirnos como propios aburridos tristes agríos salta. salta. la linda, la fea, todas saltan en un sueño en el que hacen una coreografía desnudas en frente de mí y tengo miedo que se hablen y comenten que soy cruel. tanto que podría matar con una palabra y dejar knock out sobre la lona de Av. Corrientes a toda esa armada mientras pasa el 168 por arriba suyo. víctimas, mártires. pingüinos agonizando en las playas del partido de la costa. soy avant garde, post vos, antes él. soy el futuro y vine a matarte de aburrimiento.

sábado, 15 de diciembre de 2012

Droko: un ladrón melancólico


Droko pasa por esa calle de Av. Dorrego por tercera vez. La primera, probó si la puerta estaba cerrada. La segunda si con una llave maestra que le compró su suegra a unos armenios puede abrirla. No hubo caso. La tercera es la vencida, piensa, mientras avanza con calma y respira en forma profunda y pausada para disipar sus nervios. La noche lo empapa y baña de oscuridad al Fiat Uno rojo estacionado de la mano derecha. Sale de la vereda y va hacia el lado de la ventanilla del conductor. Se pone una campera de cuero. Golpea con su codo la ventanilla. No se rompe. Vuelve a golpear con toda su fuerza. Todo sigue igual. Mira para todos lados para ver si alguien lo observa. Comienza a transpirar mientras ve una parte de una tubería a unos pocos metros. Camina hacia ella como si nada ocurriera.

Esa es la clave, se repite a sí mismo. Hacer como si nada, ser un feliz errante. Que nadie sospeche nada. Pasan unos autos. Ve como de la cuadra de enfrente una pareja se aproxima. Los observa con ganas de partirles el caño en la cabeza. ¿Por qué? Ni él lo sabe. Son tan delgados, tan felices, tan superficiales que lo mata. Partir un par de cabezas calma su dolor. Hay gente que se lastima a sí misma para parar de sufrir. Hay quienes destruyen a terceros en el mismo sentido. Ambos desaparecen en una esquina y Droko vuelve a la ventanilla del auto.

Pasa otro coche.

- Hrebanoy̆! – insulta.

Espera que corte la luz roja de la otra cuadra. Levanta su brazo con el caño y cuando está por caer un tipo le grita.

- ¡¿Qué hacés?! ¡Mi auto!

Droko golpea el vidrio haciéndolo estallar. El hombre lo empieza a correr y Droko sale disparado hacia una esquina. Su panza le pesa, sus piernas son cada vez más pesadas. Hace casi una cuadra completa sin mirar atrás.

- ¡Hijo de puta! – escucha que le girtan.

Dobla y a menos de diez metros se mete en el umbral de un edificio. Transpira, porque no está para estos trotes. El calor de toda la sangre de su cuerpo que fluye hacia sus piernas dándole potencia para correr lo congela de la cintura para arriba. Cuenta hasta diez. Los segundos que más tardan son esos que van del siete al nueve. Se asoma y encuentra al tipo que lo corría de frente que viene hacia él y con un golpe tan rápido como un reflejo le estrella el caño en la frente. Cae redondo al piso.

Droko levanta la vista y ve que en la esquina llega corriendo una chica, de unos veintipico de años que tiene la cara roja. La ve distante, inocente. Preocupada. Quisiera darle un abrazo y decirle que bueno, que estas cosas pasan. Que nada es tan grave, que el seguro les va a pagar. Que él hace esto porque no sé, siempre lo hizo, sin preguntarse mucho los motivos y ya es una costumbre que lo llevo a la cárcel, acá, allá y en lugares que no se acuerda. Y que se tuvo que venir porque si no salía volando por un aeropuerto olvidado de un país mediocre de Europa del Este hacia otro lugar del mundo, lo hacían al espiedo.  Levanta al tipo del piso. Sujeta su cabeza con sus dos manos gigantes como dos racimos de bananas. Ve que no le hizo ningún corte. Fue sólo un buen golpe. El muchacho está mareado y se tambalea un poco.

- ¿Estás bien? – le pregunta.
- Eh…

Droko le pega una cachetada fuerte y tan veloz que casi no se vio.

- ¿Estás bien?
- Me mataste.
- ¿Cuántos dedos ves? – le pasa tres dedos con su mano izquierda por delante de sus ojos.
- ¿Me estás jodiendo hijo de puta? ¡Me rompiste la ventanilla del auto y después casi me matás!
- ¿Cuántos dedos ves? – dice Droko con mucha vehemencia pero preocupado.
- La puta madre… ¡Tres! ¡Tres dedos!
- Bueno. Bien. Muy bien.

Saca un pañuelo de su bolsillo y se lo pone en la mano al chico.

- ¿Qué hacés?
- Pasate por la frente y apretá. Así, mirá. – le dice mientras le saca el pañuelo que acaba de darle y lo sujeta. – Así, por si se te abre. No tenés que correr de frente cuando seguís a alguien y lo perdés. ¡Zigzag! ¡Zigzag!
- ¡Estás re loco!
- No. Cuando trabajaba en el puerto, no el de Buenos Aires, sino el de Odessa, y tenía tu edad más o menos… eso sí era duro. Acá se quejan de cualquier cosa. Trabajan en una oficina, tienen salud, chatean en el Messenger, chamuyan minitas en el Facebook, hace calor. En Ucrania tenemos un dicho: Sontse ne isnuye – Droko se ríe con ganas. La chica que los mira se acerca despacio. Parece abstraída, paralizada. – Bueno, te decía. Me pegó la punta de un container, trabajé todo el día, meta bolsa, saca bolsa, y cuando volví a mi casa, me acosté a dormir y a la hora me empezó a sangrar la cabeza. – Droko vuelve a reírse.
- ¡¿Qué?!
- Arreglate que ahí viene tu novia. La camisa… tenés el cuello…

El muchacho se acomoda el cuello mientras sostiene su frente con el pañuelo.

- Bien. Buen chico. Bueno, andá, andá. No llames a la policía, eh. No me gustan.
- ¡Pero si me quisiste robar! – le increpa el chico mientras intenta empujar a Droko. No lo mueve un milímetro.
- Me caen mal.
- ¡Sos un chorro!
- No.
- ¡Sí!
- No.
- ¡Natalia! ¡Llamá al 911!

Natalia que ya está junto a los dos saca el celular. Droko, que todavía tiene el palo en una de sus manos golpea en forma precisa sobre el aparato que se rompe contra el piso.

- Mirá lo que me hiciste hacer. Le rompiste el celular a tu novia.
- ¡Vos se lo rompiste!

Natalia llora y se agarra la cabeza.

- Bueno, te doy el mío. – Droko se mete la mano en el bolsillo y le da su celular. Un Motorola C-100 modelo 2001.
- ¡Basta!

El chico agarra a su novia de la mano y la arrastra hasta la esquina donde doblan y Droko se queda solo. Se mete el celular en el bolsillo. Se siente despreciado y un poco triste. Quiere enamorarse otra vez de su mujer pero no sabe cómo. Le aburre tanto. No pueden hablar de nada. Camina con paso acelerado hasta la esquina de Ravignani. Pasa un Fiat Uno rojo con la ventanilla rota y se detiene. Se acerca del lado del conductor.

- Bien suegrita, bien. Vas aprendiendo.
- Shcho? – Le responde la señora, vestida con un camisón rosa y un pañuelo azul y blanco en la cabeza.
- Ugh.


Se sube al auto del lado del acompañante para llevar el coche a un desarmadero a menos de cinco cuadras. La peor parte, piensa, es que no se siente culpable. Le rechazaron su celular. Y eso que tiene buenos ringtones.

domingo, 9 de diciembre de 2012

Salón de usos múltiples

Gonzalo bajó desde el SUM hasta el departamento de Daniel a buscar seis botellas de cerveza que se olvidaron y unas papas fritas para comer mientras esperan al asado. No encontró bolsas en lo de su amigo, así que lleva todo en sus manos. Sale al pasillo, llama al ascensor, llega y antes de que la puerta se cierre, se sube un tipo de un metro ochenta y cinco, rubio, parecido a Iván Drago pero con quince kilos más.

- Ugh. – le dice a Gonzalo.
- Hola.
- Ugh.
- Mirá que subo.
- Bueh.

Toca el botón de la planta baja sin darle espacio para tocar el piso número diez, en donde está el SUM.

- ¿No te molesta si fumo? – dice el nuevo viajero.
- Estamos en un ascensor…
- ¿No te molesta si fumo? – dice con la voz más intensa, marcando más las sílabas.
- Como quieras.

Saca un porro y lo enciende.

- Está mi suegra en casa y mucho no le gusta.
- ¿Tu suegra?
- Sí. La madre de mi señora.
- Claro.

Se cierran las puertas del ascensor y comienza a bajar.

- Vino de Ucrania hace dos meses y no consigue trabajo. ¿Vos no necesitás alguien para que te limpie la casa? Las mujeres ucranianas saben limpiar muy bien.
- No vivo acá.
- ¿Y? Somos ucranianos pero sabemos tomarnos colectivos. Hace cinco años vivo acá.
- Te agradezco pero…
- Tienen que aprender a ser más solidarios. Si alguien necesita trabajo, se le da trabajo. No se buscan excusas.
- Ya viene alguien a limpiar. – dice Gonzalo a la vez que evita hacer más contacto visual con quien lo acompaña.
- Seguro mi suegra limpia mejor. En Ucrania las mujeres sí saben limpiar. No como acá.

El ascensor llega a la planta baja. Se abren las puertas.

- Cualquier cosa, me llamo Droko, 4° B.
- Bueno.

El olor a marihuana es muy intenso y sigue hasta el pasillo. Antes de que se cierren las puertas una pierna la mantiene abierta. Es una mujer alta, delgada, morocha. A primera vista, Gonzalo siente que tiene delante a una mujer hermosa. Lleva puesta una minifalda negra y una remera escotada, como si fuera a salir. Lleva dos bolsas negras del supermercado repletas. Puede sentir su aroma a perfume, que tapa momentáneamente el olor al porro de Droko.

- Ay, perdoná.
- Todo bien.
- ¿Me tocás el siete?
- No sé cómo, a ver.
Gonzalo apoya dos botellas de cerveza en el suelo del ascensor y aprieta el botón del séptimo.
- Siempre que vengo cargada y le digo eso a alguno me hace un chiste o ponen caras.
- Ah. Sí. Bueno, no sé. No se me ocurrió.
- Los tipos son unos pajeros. – dice con una voz resignada.
- No sé si está bueno generalizar.
- Yo no generalizo. Digo que siempre me pasa lo mismo. – Jimena lo mira a los ojos a Gonzalo. Él siente la intensidad de sus ojos negros. El pelo oscuro le cae sobre su cara y siente algo, aunque no puede distinguirlo entre su miedo a los espacios cerrados o un flechazo en el bobo.
- ¿Siempre?
- Sí. Los peores son los viejos.
- Mirá vos.
- ¿Cómo te llamás?
- Gonzalo. ¿Vos?
- Jimena. No vivís acá, ¿no?
- No, vive un amigo. Bajé a buscar estas cosas a su casa y me hicieron pasear hasta acá.
- Ah, estaban en el SUM.

Se cierran las puertas.

- Sí. Se me van a calentar. Destapo una acá si querés.
- Ja, estaría bueno pero tengo que salir ahora.
- Bueno, si volvés temprano nosotros estamos arriba, con confianza.
- No da.
- Sí, puede ser, perdón.
- No pidas perdón, está bien. Sos simpático.
- Gracias, vos también.
- Me gusta hablar con la gente. Sino todo pasa como si nada, como en piloto automático. Y la vida es demasiado corta como para vivir dos días las mismas cosas.
- Es una buena filosofía.
- Es lo que hay.

Se abren las puertas. Jimena se acerca a Gonzalo y le da un beso en la mejilla y se va sin decir más. Gonzalo se queda paralizado mirando como camina hasta perderse por el pasillo. Duda si ir detrás cuando se cierran las puertas y se da cuenta que no tocó el botón para ir hasta la terraza. El ascensor baja sin que él pueda hacer nada por detenerlo. Se resigna mientras baja otra vez sin que pueda hacer nada. Se siente atrapado. Comienza a transpirar. Se pregunta por qué no subió las birras cuando llevaron todo hacia arriba. Se maldice por no tener su celular encima, por haberlo dejado arriba de la mesa, al lado del pan y de una botella de Fernet recién abierta. Piensa en José, si habrá puesto el carbón. Si Dani salió a buscarlo por las escaleras. Llega otra vez a planta baja.

Se sube una nena rubia de ojos muy verdes con un vestido violeta. Lleva una cajita feliz de McDonald’s cerrada.

- Hola. – dice.
- Hola. – responde Gonzalo y espera que se suba alguno de sus padres. Presupone que va a ser uno solo, probablemente su papá, que la tiene los fines de semana para que su ex mujer se vaya a acostar con alguno de por ahí tranquilamente. - ¿A qué piso vas?
- Nueve.
- ¿Estás sola?
- Sí.
- ¿Y tu papá?
- Arriba.
- Y te dejó abajo… ¿Con quién?
- Con mamá.

Se cierra la puerta y Gonzalo se estira para impedirlo con una de sus piernas. Se asoma y mira hacia ambos lados. No hay nadie.

- ¿Y tu mamá dónde está?
- En el nueve.
- Ah, con tu papá.
- No. Papá está en el cielo.

Gonzalo se siente un poco apenado. Se apoya contra el espejo del ascensor y espera que la puerta se cierre sin saber bien qué hacer. Toca el nueve para llevar a la nena con su mamá. El SUM está en el diez. Lo marca, mientras hace malabares con las botellas. Queda con su luz apagada. No registró cuando lo apretó.

- No. – atina a decir, ya cansado de estar atrapado.
- ¿Por qué no?
- Porque quise marcar el diez y no me dejó.
- ¿Por qué?
- No sé, no debe funcionar bien.
- ¿Por qué no funciona bien?
- Porque quise apretar el diez y no me hizo caso.
- Ah.

Llegan al noveno piso. Una mujer de unos cuarenta años los espera. Está muy bien vestida, lleva un vestido negro largo muy elegante. Antes de que pudiera hablar ya se la ve alterada.

- Ernestina ¡Acá estás!
- No deberían dejarla sola – dice Gonzalo.
- ¿Perdón?
- Que no deberían dejarla sola.
- ¿Me vas a decir cómo cuidar a mi hija? ¿Y vos quién sos?
- Gonzalo. Soy amigo de…
- ¿Y a mí que me importa a quién conocés? Vení Ernes, qué susto me diste nena…
- Bueno, no se enoje.
- ¿Por qué no te fijás mejor en lo que vos hacés en vez de señalar a los demás, eh?
- No quise faltarle el respeto…
- ¿Vas al SUM?
- Sí.
- Dejen todo limpio. Después no se puede usar.
- Vamos a intentarlo.
- ¿Qué? ¿Intentar? Lo van a dejar limpio. A vos te tengo fichado.
- Es la primera vez que vengo.
- Acá hay olor a droga. ¿Te estuviste dando delante de una criatura?
- No, fue un ucraniano que se subió.
- ¿Qué?
- Eso, un ucraniano que no se banca a su suegra.
- Drogadicto. – le dice a Gonzalo con cara de asco.

Agarra a su hija, se cierra la puerta y el ascensor baja otra vez hasta el siete. Se abre y vuelve a subirse Jimena que aprieta planta baja sin registrar si había alguien dentro del ascensor.

- ¿Seguís acá? – le dice a Gonzalo.
- Sí, me llevó el ascensor para abajo y volvió a subir… no sé qué hacer.
- Es que un sábado a la noche esto es un quilombo. Bueno, cuando baje yo te toco… - Deja de hablar por unos segundos - el diez.
- ¿Por qué la pausa?
- Por lo que charlamos antes.
- Gracias.
- No hay por qué.
- ¿A dónde vas?
- Salgo. – dice Jimena mientras levanta los hombros.
- ¿Con tus amigas?
- No, con un chico.
- Ah… mirá vos…
- Es la segunda vez que lo veo.
- ¿Sí?
- Me gusta, pero hasta ahí. No tuve la confianza de darle un beso el otro día. Él tampoco intentó nada.
- Te entiendo. Se pone muy tensa la cosa y uno no sabe bien qué hacer…
- Dame un beso. – Jimena lo encara mientras profundiza su mirada sobre Gonzalo.
- ¿Qué?
- Eso, dame un beso. Así estoy más relajada.
- ¿Pero estás segura?
- Sí, es un beso. No te estoy pidiendo guita, nene. – se ríen. - Tengo que salir a comer con él y voy a estar nerviosa por besarlo. Quiero sacarme esa presión.

Gonzalo se acerca a ella con todas las botellas. Jimena lo abraza por el cuello. Siente sus labios sobre su boca que se abre y deja salir su lengua entre sus dientes. Toda su ternura se pone en contacto en ese juego ridículo y rígido de intercambiar sensaciones con un desconocido. Años de historias personales que se mezclan con la saliva de otro ser humano sin mucho sentido más que el placer del instante. El beso termina cuando la puerta del ascensor ya está abierta. Un hombre los mira.

- Pensé que me habías dicho que pasara.
- ¡Martín!
- Una señora bajó por las escaleras y pasé… no sabía que…

El tipo se da media vuelta y se va.

- Ay, ¡es él!. Disculpá.

Jimena corre detrás de Martín. Gonzalo se queda petrificado cuando Droko le para la puerta del ascensor y marca el cuatro.

- ¿Pensaste lo de mi suegra? – dice Droko.
- ¿Qué?
- ¡Lo de mi suegra!
- Ah, no, no tuve tiempo.
- Te conviene. Cobra barato.

Escucha gritos en el lobby antes que se cierra la puerta. Pobre chica, piensa Gonzalo, vagamente enamorado.

- Estos argentinos son unos boludos.
- ¿Por?
- Se viven peleando, por celos, infidelidades. Son muy cerrados culturalmente. En Ucrania también. Pero yo viví varios años en Holanda, Francia… no querés saber qué hacía.
- Bueno, no te pregunto.
- Robaba autos, los arreglaba, pintaba, los cambiaba todos y los vendía en otros países. Sacaba una diferencia. A veces sólo los compraba en Rumania, por ejemplo. Y los vendía cuatro veces más caros en París.
- Mirá vos.
- ¿Vos tenés auto?
- No.
- ¿Querés uno?
- Paso.
- No me gustás.
- ¿Perdón?
- No me gustás. ¿Sos policía?
- No soy policía.
- Parecés policía. – la voz de Droko se pone tensa y se puede escuchar su acento por primera vez. Cuando se pone nervioso el castellano le patina. Gonzalo conserva la calma. No le da miedo un hombre que se asusta de su suegra.
- No lo soy.
- No te creo.
- No me creas.

Se abre la puerta en el cuarto.

- ¿Me marcás el diez?
- ¿Vas a comprarme un auto? – dice a la vez que traba la puerta.
- No quiero un auto.
- Un Fiat Uno, modelo 1999. Quince mil pesos.
- No sé manejar ni tengo quince lucas. Marcame el diez.
- Un Fiat Europa, año… no sé, 1806 más o menos, seis mil pesos. – dice mientras hace un “más o menos” con la mano que tiene libre.
- No me interesa.
- Ah, pero tenés seis mil pesos.
- No.
- Además de miserable, pobre. – se ríe.
- No soy miserable, tampoco pobre. Dejá cerrar la puerta. – increpa Gonzalo.
- ¿Vas a contratar a mi suegra? No la banco más. No puedo fumar en mi casa, me rompe los yay̆tsya todo el día.
- Bueno. Voy a llamar a tu suegra para limpiar pero dejá cerrar la puerta y marcarme el diez.
Busca en su billetera con la única mano disponible, le da una tarjeta a Gonzalo: “Droko Sglughnik” y un número de celular.
- Mandame un mensaje y vemos lo del auto.

Deja cerrar la puerta sin marcar.

- ¡¿Y el diez?! – grita Gonzalo ya salido de sus casillas.
- Dijiste mal el orden. Que deje cerrar la puerta y que después marque el…

Se queda encerrado otra vez y el ascensor vuelve a bajar hasta la calle. Se sube Jimena llorando.

- ¡Una puta!
- ¿Qué pasó?
- ¡Me dijo que soy una puta!

Abraza a Gonzalo que ya se le están por caer los envases y las bolsas de papas fritas. Las apoya y corresponde su abrazo. Jimena comienza a besarlo. Con las manos libres recorre su cuerpo. Se cierran las puertas del ascensor y empieza a subir. Jimena lo para y lleva a Gonzalo contra el espejo. Lo toca sobre su bragueta y puede sentir como se endurece su pene mientras él la toca por detrás y mete una mano por debajo de su minifalda hasta llegar a su bombacha que corre con la punta de sus dedos.

- No, pará. – dice Jimena.
- ¿Qué?
- Esto está mal. Muy mal. – mueve su cabeza a los lados mientras repite: “no, no, no”.

Se separa de Gonzalo.

- Siempre hago todo al revés. Conozco a un chico aburrido pero lindo y salgo con él a conversar, a tomar algo y a ver qué ondaa con él pero es tan denso y goma que no hago nada y pierdo mi tiempo con alguien que sólo tiene “amigos del gimnasio”. Ahora, me encuentro en un ascensor con un chico simpático, divertido, con seis cervezas y amigos de verdad, un flaco que podría conocer mejor, y me lo quiero coger en ese mismo lugar.

Toca el botón para parar el ascensor y este vuelve a subir. Gonzalo agarra las botellas del piso. Sólo quiere llegar al SUM.

- Invitame a tomar algo.
- ¿Por qué yo? ¿Sos machista? Invitame vos.
- Tenés razón, mirá… vamos a tomar algo. Me vas a pasar a buscar después del asado, no antes. No quiero conocer a un pollerudo que hace cualquier cosa por una mina. Vivo en el séptimo B. Y vamos a ir a tomar algo por acá. Después me vas a dejar en casa y te vas a despedir con un beso y un par de días después vamos a volver a hablar para ver qué onda.
- Pero si ya nos besamos.
- No entendés nada. Lindo.
- Sos muy rara o estás muy loca.

Se abren las puertas.

- Sea lo que yo sea, por lo menos no te vas a aburrir. Te espero.
- ¿Me tocás el diez?

Jimena presiona el botón del décimo y el ascensor sube. Gonzalo se arroja contra una de las paredes del ascensor y suspira largamente. Se abre la puerta. Lo espera su amigo Daniel quien mientras mastica un pan toca las birras con el canto de su mano izquierda.

- Ya están calientes.
- Es culpa de Droko.
- ¿Qué Droko?
- Me vendió un auto, creo.
- Ni sabés manejar.
- Tampoco tenía novia. Y Droko me presentó a una chica. Bah, más o menos. No me apretó el diez.
- ¿Qué decís?
- Nada. ¿Ya están los choriz?

Y las puertas del ascensor se cierran otra vez, pero con Gonzalo afuera.