domingo, 19 de octubre de 2014

Coso - Capítulo 3. […] alegre espejo de ónix paraguayo […]


Coso: capítulo 1 y 2 acá

El geólogo estadounidense Michael Rodwick fue el primero en observar las piedras deslizantes de Racetrack Playa en el Valle de la Muerte, California. Rodwick descubrió que estas rocas se desplazan por sí solas sin intervención humana o animal. En su recorrido de hasta treinta metros dejan largas trazas sobre el desierto estadounidense. Lo más misterioso para Rodwick, fue el hecho de que varias de estas líneas no son rectas, sino que cambian de dirección en ángulos de noventa grados de forma aleatoria.

Al terminar el colegio, Rodwick fue rechazado por el ejército estadounidense a causa de su gran cabeza y, aunque en su examen físico quedase escrito “no apto: morfología de cráneo anormal”,  de allí en más pasaría a ser conocido entre sus amigos como Big Head. Su nuevo apodo le calzaba perfecto, porque, según el artículo de la edición número 429 de la revista Misterios Sin Resolver, el geólogo era un tipo muy perseverante además de poseer una inteligencia asombrosa.

Cuando salí del trabajo vine a hacerme una limpieza dental. Si bien llegué temprano al consultorio, dicen que hay casi treinta minutos de demora. En la sala de espera otros tres hombres. Son tan parecidos a mí que evito mirarlos. Aguardan su turno para otras especialidades. Siempre que veo a alguien de rasgos similares siento que voy a ser el responsable de alterar la continuidad del espacio tiempo como en Volver al Futuro así que vuelvo a fijar la vista en la biografía de Rodwick para salvar a la humanidad.


El destino quiso que Rodwick no pudiera usar el casco del uniforme militar, vocación que siempre había soñado, así que apostó a un Plan B: el estudio de los movimientos de las placas de la falla de San Andrés. No sé si él era tan inteligente como Misterios Sin Resolver afirma pero que tenía intereses diversos, es seguro. En 1941, Big Head dejó su trabajo como investigador del instituto sismológico de California, vendió su casa en los suburbios, se despidió de su familia y se instaló con una carpa en el medio del Valle de la Muerte. Observaba, medía, tomaba nota de cada movimiento de las piedras. Llevaba un registro meticuloso de cada una de sus rocas, a las que ponía nombres como Rumpelstinkin, Adorno, Sacrebleu, epítetos cada vez más confusos. La última de sus rocas estudiadas se llamó Abcdefghijklmnopqrstuvwxyz. Mientras que sus amigos, ex compañeros de colegio y familiares luchaban en la Segunda Guerra Mundial, Rodwick pasaba sus días sentado en un banco de madera, con la vista puesta en esas rocas que se movían a una velocidad imperceptible. A veces, las piedras avanzaban metros en una semana para luego permanecer quietas durante meses. Sin embargo eso no frustró a Big Head, que…

-¡Gosnick! – ese es mi apellido o algo parecido.

El periodoncista es un tipo rarísimo. Tendrá unos cuarenta años y tiene cara de pepino. Debe medir menos de un metro sesenta, y es tan flaco que no sé cómo va a hacer para sostener el torno.

-         -  Vine porque el odontólogo me dijo que…-
-          - Sí, sí, acostate y abrí la boca.

Cuando me acomodo sobre el sillón veo como la mano de una mujer, que no sé de dónde salió, me pone en la boca un “patito”, la manguerita que succiona la saliva. La enfermera, dueña de la mano, está bastante buena. Es morocha, no puedo verle la cara porque tiene puesto un barbijo, pero sus ojos negros son un alegre espejo de ónix paraguayo que me enamora. Tiene puesto un guardapolvo blanco muy ajustado al cuerpo, una minifalda que, me imagino, debe terminar muy encima de las rodillas y estoy seguro, pero seguro, de que este pelotudo que no me dejó decir una palabra antes de venir, se la cogió sobre este mismo sillón antes de llamarme. Lo huelo, tengo una nariz enorme que funciona muy bien, y el olor a sexo no se me escapa. Lo detecté en seguida cuando la enfermera me colocó el patito. Sé mucho de olores, de sexo, más o menos, casi tanto como de rocas deslizantes, pero con los olores la tengo clara. Cara de pepino me lima los dientes con una especie de torno que me lastima.

-          Decime si te duele – dice.

Para bancármela intento abstraerme. Pienso en Coso: se desliza por el Valle de la Muerte mientras un cabezón sentado en un banco de madera lo observa y con un lápiz masticado anota cuántos milímetros se movió. No alcanzo a ver la distancia porque algo me devuelve al mundo real. Es la imagen de la sangre que chorrea de mi boca, los pedazos de sarro que vuelan y, por último, la cara de Pepino que dice ya está. Después me aconseja que vuelva dentro de seis meses, aunque no creo que regrese a menos que me prometa que la enfermera va a quitarse el barbijo. Y el guardapolvo. Y ya que estamos la minifalda.

Llego rápido a casa, abro la mochila para lavar el tupper del almuerzo y encuentro el número 429 de la Misterios Sin Resolver. ¿Desde cuándo robo revistas? Voy a ver si Coso volvió pero no está.
Enciendo un cigarrillo en el balcón y después la luz para leer la revista mientras fumo. Antes de llegar al artículo de Rodwick, alzo la vista y descubro, en un balcón en diagonal al mío un gato que me mira con dos esas esferas amarillas cargadas de intenciones confusas. Los asesinos, como se sabe, siempre vuelven a la escena del crimen. Ya tengo a mi primer sospechoso.

martes, 9 de septiembre de 2014

Coso - Capítulos 1 y 2

1. […] No soy una persona que se frustre fácil […] 

Ya arriba del colectivo me acomodo como puedo junto a un asiento, saco mi celular y veo que tengo un mensaje de mi amiga Guadalupe que pregunta qué me regalaron en navidad. Si bien es agosto, con mi grupo de amigos festejamos navidad en el feriado de San Martín, algo que surgió hace unos años como excusa para hacer una fiesta. El pretexto para juntarnos se convirtió en una tradición en la que cada uno tiene que cocinar algo para compartir, además de comprar un regalo que será distribuido al azar. Hay arbolito, pesebre, nos vestimos con nuestra mejor ropa y a las doce brindamos. Lo más curioso de esta tradición es que casi todos somos judíos.

Le cuento a Guada que me regalaron un locolope, a lo que me responde que no sabe qué es eso. Intento explicarle que es una pelota con arena y semillas que un par de días después de sumergirla en agua le crece pasto como si fuera pelo. Me sorprende que no lo conozca, porque cuando éramos chicos estaba muy de moda. Es verdad que ella es un año más grande, pero somos de la misma generación, aunque hayamos crecido en barrios muy diferentes, ella en Villa Ballester, yo en Flores, aunque si lo pienso bien eso no debería importar. ¿Será que en esa época no se vendió? ¿Me inventé un recuerdo? Lo cierto es que nunca me habían comprado uno. A mis papás les parecía algo demasiado tonto y no me dejaban tenerlo. Al parecer, no les gustaba la idea de que me encariñara con un ser inanimado, porque tampoco tuve Tamagotchi cuando todos mis amigos llevaban el suyo al colegio.

Saco el cálculo de cuantos días hace que puse a Coso, mi locolope, en remojo. En las instrucciones de la caja decía que al tercer día iba a comenzar a crecerle el pelo, me parece raro que hayan pasado cinco y siga igual. No soy una persona que se frustre fácil, así que voy a dejar pasar un par de días más. Aparte que seguro las instrucciones en la caja son un invento publicitario para que los padres compren un juguete para sus hijos. Si dijera que tarda diez días en crecer, nadie lo compraría.
Logro sentarme, abro la mochila, saco un libro y me pongo a leer. El libro es 1Q84 de Haruki Murakami, el sexto que leo de él. La mayoría no me pareció muy interesante, pero es una lectura perfecta para viajar en colectivo porque es entretenido: por lo general, en sus libros hay muy pocos personajes de los que acordarse y escribe fluido a pesar de que las traducciones de Tusquets son bastante malas. Un par de minutos después tengo que bajar para llegar a la oficina. Trabajo para uno de los sitios web más importantes de Latinoamérica. Dicho así suena importante, pero en realidad soy uno más entre cinco mil empleados que laburamos ahí. Sé que va a ser un día de mucho trabajo pero por lo menos hoy no llegué tarde.

2. […] saldría a ladrar al balcón […] 

Me acosté temprano. Fui al gimnasio por la mañana, la jornada laboral fue muy exigente y para las diez de la noche estoy tan cansado que no puedo mantenerme de pie. Antes de dormir, leo que Aomane, la protagonista de la novela, cuenta que vio en la calle a un policía vestido con uniforme antiguo. También, llevaba un revólver con tambor, de los de antes, esos que cargan seis balas, muy inefectivos durante un tiroteo por su poca capacidad. Después, la chica narra que se cruzó con otro oficial que, en cambio, vestía un atuendo moderno de la policía y que su arma era una pistola semiautomática. Aomane queda confundida y se pregunta si es que imaginó al segundo policía mientras intenta recordar si acaso leyó en el diario que las fuerzas de seguridad de Tokyo iban a modernizar sus equipos. Ahora que lo pienso, me pregunto lo mismo sobre Coso, ¿los locolope ya existían en la década del noventa o los inventé yo? ¿Por qué nunca había tenido uno si mis padres me compraban todo lo que les pedía cuando era chico? Es raro. A decir verdad, los Tamagotchi no me llamaban la atención, en cambio esto sí me había gustado, más o menos estaba relacionado con la ciencia y la naturaleza.

Me despertó un trueno. La lluvia me pone tan mal que saldría a ladrar al balcón. Miro la hora en el celular.  Seis y media de la mañana, a esta hora salgo a entrenar. ¿Tengo que ir al gimnasio? Tardo unos segundos en darme cuenta de que es viernes y los viernes no voy.  Me levanto para ir al baño antes de volver dormir una hora más. Camino por la casa a oscuras, iluminada cada tanto por algún rayo. En la cocina, sobre la mesadad, Coso me mira como siempre pero algo cambió, algo esconde. Resisto la tentación de pegarle una patada ninja que lo haga volar contra la pared, que lo rompa, que desparrame sus semillas secas, que anule su estafa emocional y ponga fin a su fraudulenta calvicie.
No lo hago, y sigo mi camino hasta el baño. Cuando salgo, supongo que quizás Coso quiere estar afuera. No lo supongo, en realidad tengo la total certeza de que eso es lo que Coso quiere. Abro el ventanal. El agua cae con violencia más allá del balcón que por el momento permanece seco gracias al balcón del séptimo piso que hace de techo.

Pongo a Coso sobre una escalera metálica que uso muy de vez en cuando para acomodar las cosas del armario. Para que no se caiga, lo ajusto con firmeza entre dos baldosas que sobraron de un arreglo en casa. Vuelvo a mi habitación, me acuesto y aunque ya había descansado más de siete horas, me duermo en menos de un minuto.

A las ocho de la mañana suena el despertador. Los viernes son el único día en toda la semana que me despierto después de las seis. Voy hasta el comedor y veo que Coso no está sobre la mesada de la cocina. Recuerdo que hace poco menos de dos horas lo había llevado al balcón. Corro las cortinas y veo la escalera en el lugar de siempre. Todavía tiene las dos baldosas encima, separadas por el ancho exacto del diámetro de un locolope convencional, pero él, Coso, mi Coso, ya no está.

domingo, 1 de junio de 2014

Crónicas de la clase media - Uno

Menos mal que ya arreglaron el ascensor, sino no salgo a hacer las compras ni que me suban el changuito. No estoy para andar por las escaleras, si cuando llego al segundo piso estoy muerta. Primero voy a ir al chino que me queda para el lado de la galería. Doy vuelta a la esquina y entro. ¡Qué olor hay! Y sí, qué va a ser, si todos estos a la noche apagan las heladeras. Igual nunca les compro lácteos, no sea cosa que me enferme. Agarro un aceite, unas galletas de arroz sin sal, un vinito y listo, con lo caro que está todo no puedo comprar nada más, me quieren sacar toda la jubilación estos sucios. Dejo mis cosas junto a la caja, justo al lado de un bebé que juega con una botella, y la madre, bien gracias, como si nada, mira para otro lado. Una tiene que poner todo acá, en el corralito de la criatura. El chino me cobra casi sin mirarme y mientras busca el vuelto sostiene con el codo la espalda del chinito para que no se caiga. Una cosa de locos, como si fuéramos animales. Pongo mis cosas en el chango y me voy mientras digo "chinos de mierda", que creo que no se oyó, mejor, porque mañana tengo que volver.

Camino dos cuadras hasta la verdulería, antes hay otra pero es carísima y atiende un señor que me parece que ahora no está más, pero que una vez me peleé porque le pedí bananas y me puso plátanos, esos verdes enormes que comen en Brasil o qué sé yo donde. Yo no me di cuenta y para colmo me los cobró carísimos. Cuando me quejé, dijo que yo le había pedido eso, que ya los había comprado y no me los quería cambiar, que él no sabe qué hice con eso en mi casa. Qué desgraciado… Por suerte hace meses que no lo veo, pero igual no voy más, y no está, al menos de reojo no lo veo. Igual no iba a parar, sigo hasta lo de la boliviana que me atiende bien y es más barato que lo de ese chorro. Está lleno de gente, así que me pongo en la fila y miro qué está bueno. Los zapallitos, unas manzanas, las zanahorias que le gustan a Alfonso. El tomate sigue carísimo, como todo en este país, todo está caro. Hacer una ensalada es un lujo, cosa de Dios. Ni lo que comen las vacas puedo comprar. Terrible. Igual, cuando me toca le pido a la boliviana que me ponga todo lo que anoté antes de salir y le sumo unas paltas, porque hoy viene el nene y a él le encantan, pero para mí que en la casa no come nada. Está tan flaco… la verdad que me preocupa. Cuando lo veo aprovecho para darle algo, porque la mujer ni le cocina, si viven a sanguchitos. A la boliviana le pago justo porque esta es medio bruta y el vuelto siempre me lo da mal. No son malos, no, si son muy trabajadores. Lo que pasa es que son medio lentos y no les salen bien las cuentas, entonces así ahorro tiempo, porque el local de la galería cierra a las tres, y sino no llego y todavía tengo que pasar por la fiambrería que por suerte me atienden rápido. Don Roberto tiene el local hace como más de veinte años, es lo único que quedó de cuando vinimos a Flores. Ahora ya no me da más charla porque me invitó par de veces a tomar un café, hasta un día que vine con Alfonso. Antes me regalaba dulce de batata, pero desde esa vez no insistió más, aunque tampoco hubo más dulce de batata. Igual siempre vuelvo porque es muy caballero y educado. Tengo otros pretendientes, como el de la farmacia, que me regalaba Prinox hasta que tuve que decirle que tenía marido porque todas las semanas me invitaba a un lugar diferente.

Ahora sí voy a la galería a comprar lo de Alfonso con el chango por la mitad porque no sé cuánto espacio me va a ocupar. A este se le ocurre cada cosa, pero bueno, por lo menos no me aburro. Cuarenta años de casada y todavía me sorprende... Al fin llego: Galería Kineret, donde vengo cuando a mi marido se le ocurre comprar algo que ve por internet. La primera vez me perdí, tuve una vergüenza... Les pregunté a unos de la casa de fotografía dónde quedaba el local. Se pusieron más colorados que yo, un plato. Ahora ya sé llegar. El chico que atiende es nuevo, está todo tatuado, y vestido con ropa de cuero y se queda helado cuando me ve entrar con el changuito. Le digo que vengo a buscar un “especial sado” a nombre de Alfonso, y se lo repito porque me mira con miedo. Con todos esos aritos en la cara y dibujos raros en los brazos debería ser yo la asustada. Busca abajo del escritorio y me da un paquete grande y pesado. No sé cómo lo voy a agarrar. Menos mal que traje el changuito. Espero que el ascensor funcione porque me muero si tengo que subir por las escaleras todo lo que compré.

sábado, 16 de noviembre de 2013

Instrucciones para volver a casa en Navidad

Espere hasta que sean las dos y media de la mañana. Evalúe el ambiente y pregunte si ya se ha servido toda la comida y si queda algún buen vino por descorchar. Si ninguna respuesta es afirmativa, tal vez sea buen momento para pedir al anfitrión, lo más probable es que sea un pariente suyo que vive muy lejos de usted, que le baje a abrir. Salude con el brazo estirado en el aire y sacuda su mano un par de veces mientras repite “Chau, nos vemos”.

Camine hacia la parada del colectivo al tiempo que nota que está solo y piensa por qué sus seres amados que no pueden acercarlo, como se dice, en auto, si es que lo tienen. Mire al cielo y busque a Papá Noel, o si ya no cree en esas cosas, cuente estrellas hasta llegar a la parada. En caso de que las haya, observe a las otras personas que esperan junto a usted. Pregúntese acerca de lo raros que son. Pregúntese qué tan raro es usted. Si no tiene nada para leer medite aún más sobre esta escena.

Percátese de que hay una chica de unos veinte años, vestida con una pollera muy corta y una musculosa blanca que no hace más que llorar desconsolada. Mírela de reojo, no busque incomodarla. Piense en el sol, que se mira de frente se le pueden lastimar las corneas. Piense que ya se tomarán el colectivo y que entonces le preguntará si está bien. Quédese quieto hasta que ella le pregunta la hora. Dígale “tres aeme” y luego agregue un “¿Estás bien? ¿Necesitás algo?”. No espere una respuesta, será en vano. Obsérvela alejarse a unos metros de la parada sin decirle nada. Mírela, esta vez en forma directa pero fugaz. Vea cómo se le corre el maquillaje. Vuelva a mirar a la distancia.

Anhele que llegue su colectivo hasta verlo asomar desde Avenida Nazca, a paso lento y pausado. Piense si se detendrá o seguirá de largo. Cuando el colectivo esté a menos de cincuenta metros, estire su brazo derecho. Chequee, siempre de reojo, como la chica que llora se acerca a la parada. Aguarde a que el vehículo se detenga y abra su puerta delantera. Deje subir primero a la chica que llora y a la mujer que esperaba con ustedes y suba delante de un hombre que hasta ahora no había advertido. Diríjase hacia el fondo y examine a los demás pasajeros. Parejas con muchos niños. Grupos de amigas. Señoras con bolsas muy grandes. Todos hacen mucho ruido, aun los que están solos. Saque la conclusión de que todos se mueven, se acomodan y están como fuera de lugar porque quieren llegar alguna parte, como usted, que, ante todo, no quiere estar ahí.

Pase junto a la chica que llora para comprobar que ya no lo hace. Haga el ademán de decir algo pero quédese callado y siga hasta el fondo. Piense en que, además de ser Navidad, es su cumpleaños y que no planeó nada al respecto. Mire su celular, vea los mensajes de quienes lo saludan. Verifique la señal del teléfono y compruebe que es óptima. Póngase un poco mal porque le mandaron muy pocos mensajes, a pesar de encontrarse en las primeras horas del día. Atienda su teléfono que ahora suena. Converse con su amigo que le dice feliz cumpleaños y luego le preguntan si sabe de alguna fiesta para esta noche y si va a hacer algo. Diga que no sabe y que ya se va a su casa a dormir. Escuche cuando le dicen que usted es un amargo. No responda. Espere hasta que le corten y guarde su celular.

Cuando llegue a su parada verifique si está la chica que llora. Compruebe que no es así y bájese. Camine rápido por avenida Corrientes. Vea que hay poca gente en la calle. Acelere su paso. Doble en la esquina de su casa. En la puerta de su edificio, introduzca la llave y pase. Escuche desde la planta baja una fiesta que sucede nueve pisos más arriba en el SUM del edificio. Suponga que la organizó Patricia, su vecina pulposa a la que una vez encontró en el ascensor disfrazada de diablita con motivo de una fiesta de disfraces en la terraza. Suba al ascensor y piense que aún es temprano y que la fiesta va a durar un rato más, y que no estaría mal subir ya que es su cumpleaños.

Cuando llegue al sexto piso, donde vive, vea la puerta de su casa abierta, reventada a masazos. Piense si esto es una pesadilla. Grite en el pasillo. Entre a su casa. Tenga miedo de la presencia de alguien. Suponga por unos pocos segundos que no le robaron, sino que tuvieron que entrar los bomberos por alguna emergencia. Descarte de inmediato esta idea ridícula. Vea que al vecino del departamento de enfrente también le violentaron la entrada. Intente encender las luces, varias veces, todas y compruebe que no funcionan. Vaya hasta el tablero de electricidad de su departamento. Baje y suba las térmicas. Intente encender las luces otra vez. No funcionan. Tantee en la oscuridad en busca de su computadora. Alíviese al descubrir que no se la llevaron. Compruebe que sí faltan el monitor y el televisor. Vaya a su cuarto. Ilumine con el celular y vea todo está revuelto. Busque las botellas con monedas y cambio que ahorraba para sus vacaciones. Llore por no encontrarlas.

Llame a su madre, que está todavía en lo de su pariente que vive lejos y cuéntele lo que pasó. Escúchela desesperarse más que usted. Repase en su cabeza las veces que la asustó con cosas así: cuando quedó internado por un neumotórax, cuando se fracturó el tobillo derecho en cinco partes, cuando le quisieron robar detrás de un shopping y se agarró a trompadas con dos delincuentes que lo dejaron hecho pedazos. Piense en que podría haberle dado una cantidad de infartos múltiples. Tranquilícese un poco al escuchar que su prima y sus amigos ya van para su casa.

Salga al pasillo. Preste atención a que ya no se escucha música de la fiesta. Baje las escaleras en dirección a la planta baja donde se encuentran las cajas de Edesur para restituir la energía eléctrica. Escuche voces que provienen de unos pisos más abajo. Quédese paralizado sobre uno de los descansos de las escaleras. Vea como ahora cinco policías le apuntan con sus armas y le gritan que se tire al piso. No se tire. Gríteles que usted vive en el sexto piso y que entraron a su casa y le robaron todo. Siga paralizado. Perciba como uno de los policías se acerca a usted y lo empuja hacia el piso. Escuche como uno le ordena que se quede quietito y que no se mueva. Salga de su parálisis y continúe hacia abajo. Salude a sus vecinos en el hall de entrada y coménteles que es su cumpleaños y que además le robaron. Salga a la cochera hasta que un policía lo sujete del brazo y le diga que se quede ahí. Intente razonar con él y decirle que no hay luz en su casa, que la única forma de restituirla es ir a lo que usted llama “cuarto de la luz” donde están los autos.

Olvide todo eso y encienda un cigarrillo. Decida no tocar nada hasta que los demás policías bajen. Siéntese en el suelo del estacionamiento y apoye la espalda contra la pared. Piense en que en este momento hay cinco policías en su casa y en todas las anécdotas que escuchó de uniformados que plantan drogas en las casas de jóvenes inocentes como usted. Dese cuenta que eso es poco probable y que en este momento le ocurren cosas peores. Espere a que los policías vuelvan de su departamento. Escuche como le dicen que no hay nadie. Mientras le hablan, deje de prestarles atención y suba la térmica maestra del “cuarto de la luz”. Vaya a su casa con los policías en el ascensor. Piense que sacar el tema del clima como charla de ocasión es poco elegante. Decida que es más pertinente contarles que hoy es su cumpleaños. No espere respuesta, será en vano. Crea que es por lástima.

Llegue a su casa y compruebe que volvió la luz. Fíjese que se cortó porque cuando se llevaron el televisor y el monitor cortaron los cables en vez de desenchufarlos. Busque a su vecino de enfrente para no encontrarlo. Piense que tal vez aún no volvió. Vuelva a su departamento de cincuenta metros cuadrados con los policías al tiempo que enumera todo lo faltante. Diga “la tele, el monitor, un iPhone viejo, un reproductor de DVD que casi no andaba, una cámara de fotos de tres megapíxeles que compré con mi primer sueldo en el diario, allá por 2005, tres mil quinientos pesos en monedas y billetes de dos pesos y una netbook que ya no encendía”. Piense en que más allá del televisor y el dinero, todo lo demás era, lo que se dice, basura tecnológica.


Vea cómo entran su prima con su novio y dos amigos de él. Abrácela bien fuerte. Escuche comentarios del tipo “que a todos los negros de mierda hay que matarlos a todos”, entre otras cosas con las que no está de acuerdo. No diga nada, porque a fin de cuentas usted no sabe si lo robó un africano, un albino o un pelirrojo. Salga al balcón. Llore. Quédese en silencio hasta que los vecinos y la policía se vayan. Reciba todo lo que tienen para decirle cada uno de los que llegan a su departamento y lo llaman cuando se enteran de la mala noticia. Dígase que todo lo que se llevaron eran cosas que le costaron mucho esfuerzo pero sólo eso. Saque la conclusión de que le robó un infeliz que no tiene con quién pasar la Navidad y tiene que salir a reventar departamentos de jóvenes inocentes para llevarse un montón de electrodomésticos que no sirven para nada. Cuando esté a solas con su prima dígale que la próxima Navidad organiza algo en su casa porque volverse en colectivo desde Villa Pueyrredón es un quilombo. Salga del balcón. Dígales a todos que quiere estar solo. Tírese en su cama a llorar mientras ve, por la ventana, salir el sol y antes de quedarse dormido piense en que por fin llegó a su casa después de un viaje muy largo. 

lunes, 4 de marzo de 2013

la vida post factum


Podría llenar varias mesas del mejor bar con todas las personas que no están. Con todos lo que me hacen falta. Los abrazaría a cada uno de ellos, con un brazo sobre la cintura y el otro sobre los hombros. Algunos tomarían champagne, otros whisky, algunos agua. No habría tiempo, no miraríamos la hora en el celular, no relojearíamos la muñeca con desazón porque es muy temprano o demasiado tarde. No habría que ir a laburar al día siguiente. Nos reiríamos, lloraríamos, alguien leería unas palabras y brindaríamos por todo lo que nos quisimos. Contaríamos anécdotas, de esas que pocos saben, de cuando queríamos hacer la revolución con pinceles y abrazar todas las flores del mundo con nuestras bocas. Un cigarro recorrería toda la mesa de punta a punta hasta consumirse sobre el corcho de una botella recién abierta. Las miradas se cruzarían en instantes en los que nadie dice nada. Porque entendemos. De alguna forma u otra, todos nos conocemos y necesitamos, porque estamos solos. Tan grises, tan azules, tan mundanos nos volvemos en esta soledad que todo lo comete.


Luego, llegaría el amigo que faltaba. Y como ya no hay sillas, se sentaría sobre la punta de una mesa sucia y no le importaría nada. Ni estar incómodo, ni conocernos a todos. Empezaría por decirnos que llegó tarde porque nunca encontraba el momento. Algunos se preocuparían. Otros estarían felices de verlo. Nos diría que la vida no es para los buchones, para los cagones, para los flojos, tibios, amarretes, miserables y mezquinos. Que hay que apostar por el caballo más lindo y no por el que corre mejor. Nos contaría que el mundo está lleno de seres de mimbre, vacíos y tristes. Y nos pediría que a nosotros no nos pase lo mismo. Me diría a mí, especialmente, que no me pase lo mismo que a tantos otros. Que hay que llenarse de ciruelas, besos, amores pasajeros, libros, películas, poemas, quilombos y también, de decepciones. Y mientras hablara, las luces se apagarían hasta que todos nos quedemos en la oscuridad.


Así permaneceríamos.


En silencio.


En la oscuridad.


Con la certeza de que el otro está, aunque no podamos verlo.

lunes, 17 de diciembre de 2012

2012

soy avant garde, post vos, antes él. soy el futuro que viene a matarte. un sebi que brilla en la oscuridad y que se agranda y desinfla en una piñata mexicana en escocia abajo de un trampolín gigante hecho de heno y primavera anglosajona desde antes, mucho antes que sintiera el beso del aire un veinticinco de diciembre. soy bebé godzilla, ceniza del incendio que inundó la chata de la tía mientras lloraba y me comía una atrevida en un nac and pop donde atendía un chico que había ido conmigo al colegio que reconocí y no lo saludé porque dejaba atrás un par de calendarios colgados en una heladera podrida rodeada de cadáveres de cucarachas que llenarían bolsas de consorcio verdes, de jade, de joda, de giles entrenados en un batallón de hipsters sedientos de veneno y su antídoto: la droga de la desidia. tan nacional buenos aires, tan peligrosa, la mentira, la acidez de los jugos que probamos bajo fuegos artificiales en otro continente a la sombra de unos camellos pelados que fumaban hachís encendidos con perlas y petróleo. y eso fue hace tan lejos, tanto, que te caerías del mapa si pisaras las latitudes del google maps. y no nos conocemos. no nos vamos a conocer. nunca, porque somos tan ajenos que sólo en la oscuridad podemos tocarnos y sentirnos como propios aburridos tristes agríos salta. salta. la linda, la fea, todas saltan en un sueño en el que hacen una coreografía desnudas en frente de mí y tengo miedo que se hablen y comenten que soy cruel. tanto que podría matar con una palabra y dejar knock out sobre la lona de Av. Corrientes a toda esa armada mientras pasa el 168 por arriba suyo. víctimas, mártires. pingüinos agonizando en las playas del partido de la costa. soy avant garde, post vos, antes él. soy el futuro y vine a matarte de aburrimiento.

sábado, 15 de diciembre de 2012

Droko: un ladrón melancólico


Droko pasa por esa calle de Av. Dorrego por tercera vez. La primera, probó si la puerta estaba cerrada. La segunda si con una llave maestra que le compró su suegra a unos armenios puede abrirla. No hubo caso. La tercera es la vencida, piensa, mientras avanza con calma y respira en forma profunda y pausada para disipar sus nervios. La noche lo empapa y baña de oscuridad al Fiat Uno rojo estacionado de la mano derecha. Sale de la vereda y va hacia el lado de la ventanilla del conductor. Se pone una campera de cuero. Golpea con su codo la ventanilla. No se rompe. Vuelve a golpear con toda su fuerza. Todo sigue igual. Mira para todos lados para ver si alguien lo observa. Comienza a transpirar mientras ve una parte de una tubería a unos pocos metros. Camina hacia ella como si nada ocurriera.

Esa es la clave, se repite a sí mismo. Hacer como si nada, ser un feliz errante. Que nadie sospeche nada. Pasan unos autos. Ve como de la cuadra de enfrente una pareja se aproxima. Los observa con ganas de partirles el caño en la cabeza. ¿Por qué? Ni él lo sabe. Son tan delgados, tan felices, tan superficiales que lo mata. Partir un par de cabezas calma su dolor. Hay gente que se lastima a sí misma para parar de sufrir. Hay quienes destruyen a terceros en el mismo sentido. Ambos desaparecen en una esquina y Droko vuelve a la ventanilla del auto.

Pasa otro coche.

- Hrebanoy̆! – insulta.

Espera que corte la luz roja de la otra cuadra. Levanta su brazo con el caño y cuando está por caer un tipo le grita.

- ¡¿Qué hacés?! ¡Mi auto!

Droko golpea el vidrio haciéndolo estallar. El hombre lo empieza a correr y Droko sale disparado hacia una esquina. Su panza le pesa, sus piernas son cada vez más pesadas. Hace casi una cuadra completa sin mirar atrás.

- ¡Hijo de puta! – escucha que le girtan.

Dobla y a menos de diez metros se mete en el umbral de un edificio. Transpira, porque no está para estos trotes. El calor de toda la sangre de su cuerpo que fluye hacia sus piernas dándole potencia para correr lo congela de la cintura para arriba. Cuenta hasta diez. Los segundos que más tardan son esos que van del siete al nueve. Se asoma y encuentra al tipo que lo corría de frente que viene hacia él y con un golpe tan rápido como un reflejo le estrella el caño en la frente. Cae redondo al piso.

Droko levanta la vista y ve que en la esquina llega corriendo una chica, de unos veintipico de años que tiene la cara roja. La ve distante, inocente. Preocupada. Quisiera darle un abrazo y decirle que bueno, que estas cosas pasan. Que nada es tan grave, que el seguro les va a pagar. Que él hace esto porque no sé, siempre lo hizo, sin preguntarse mucho los motivos y ya es una costumbre que lo llevo a la cárcel, acá, allá y en lugares que no se acuerda. Y que se tuvo que venir porque si no salía volando por un aeropuerto olvidado de un país mediocre de Europa del Este hacia otro lugar del mundo, lo hacían al espiedo.  Levanta al tipo del piso. Sujeta su cabeza con sus dos manos gigantes como dos racimos de bananas. Ve que no le hizo ningún corte. Fue sólo un buen golpe. El muchacho está mareado y se tambalea un poco.

- ¿Estás bien? – le pregunta.
- Eh…

Droko le pega una cachetada fuerte y tan veloz que casi no se vio.

- ¿Estás bien?
- Me mataste.
- ¿Cuántos dedos ves? – le pasa tres dedos con su mano izquierda por delante de sus ojos.
- ¿Me estás jodiendo hijo de puta? ¡Me rompiste la ventanilla del auto y después casi me matás!
- ¿Cuántos dedos ves? – dice Droko con mucha vehemencia pero preocupado.
- La puta madre… ¡Tres! ¡Tres dedos!
- Bueno. Bien. Muy bien.

Saca un pañuelo de su bolsillo y se lo pone en la mano al chico.

- ¿Qué hacés?
- Pasate por la frente y apretá. Así, mirá. – le dice mientras le saca el pañuelo que acaba de darle y lo sujeta. – Así, por si se te abre. No tenés que correr de frente cuando seguís a alguien y lo perdés. ¡Zigzag! ¡Zigzag!
- ¡Estás re loco!
- No. Cuando trabajaba en el puerto, no el de Buenos Aires, sino el de Odessa, y tenía tu edad más o menos… eso sí era duro. Acá se quejan de cualquier cosa. Trabajan en una oficina, tienen salud, chatean en el Messenger, chamuyan minitas en el Facebook, hace calor. En Ucrania tenemos un dicho: Sontse ne isnuye – Droko se ríe con ganas. La chica que los mira se acerca despacio. Parece abstraída, paralizada. – Bueno, te decía. Me pegó la punta de un container, trabajé todo el día, meta bolsa, saca bolsa, y cuando volví a mi casa, me acosté a dormir y a la hora me empezó a sangrar la cabeza. – Droko vuelve a reírse.
- ¡¿Qué?!
- Arreglate que ahí viene tu novia. La camisa… tenés el cuello…

El muchacho se acomoda el cuello mientras sostiene su frente con el pañuelo.

- Bien. Buen chico. Bueno, andá, andá. No llames a la policía, eh. No me gustan.
- ¡Pero si me quisiste robar! – le increpa el chico mientras intenta empujar a Droko. No lo mueve un milímetro.
- Me caen mal.
- ¡Sos un chorro!
- No.
- ¡Sí!
- No.
- ¡Natalia! ¡Llamá al 911!

Natalia que ya está junto a los dos saca el celular. Droko, que todavía tiene el palo en una de sus manos golpea en forma precisa sobre el aparato que se rompe contra el piso.

- Mirá lo que me hiciste hacer. Le rompiste el celular a tu novia.
- ¡Vos se lo rompiste!

Natalia llora y se agarra la cabeza.

- Bueno, te doy el mío. – Droko se mete la mano en el bolsillo y le da su celular. Un Motorola C-100 modelo 2001.
- ¡Basta!

El chico agarra a su novia de la mano y la arrastra hasta la esquina donde doblan y Droko se queda solo. Se mete el celular en el bolsillo. Se siente despreciado y un poco triste. Quiere enamorarse otra vez de su mujer pero no sabe cómo. Le aburre tanto. No pueden hablar de nada. Camina con paso acelerado hasta la esquina de Ravignani. Pasa un Fiat Uno rojo con la ventanilla rota y se detiene. Se acerca del lado del conductor.

- Bien suegrita, bien. Vas aprendiendo.
- Shcho? – Le responde la señora, vestida con un camisón rosa y un pañuelo azul y blanco en la cabeza.
- Ugh.


Se sube al auto del lado del acompañante para llevar el coche a un desarmadero a menos de cinco cuadras. La peor parte, piensa, es que no se siente culpable. Le rechazaron su celular. Y eso que tiene buenos ringtones.